Una Frontera de límites



La historia de este barrio como la de muchos otros ha estado marcada por el desempleo, la pobreza y la desigualdad, pero ante todo por la tenacidad y ansias de muchas familias de tener un pedazo de tierra donde poder vivir tranquilamente con los suyos.

El inicio del barrio la Frontera, comenzó oficialmente el año de 1968, época en la cual los gobernantes de Medellín hacían esfuerzos por acomodar a una población que crecía descontroladamente y que a su vez era demasiado pobre y carente de recursos para comprar un lotecito donde instalarse, todo esto como consecuencia de una violencia que duro casi 15 años, que sirvió para desterrar campesinos de sus parcelas en el campo, quienes por miedo a la muerte y a esa violencia agudizada en el campo, preferían llegar a la gran ciudad.

Campesinos en su mayoría del departamento de Antioquia, quienes estaban acostumbrados a una vida marcada por el trabajo en el campo, los cuales al llegar a la ciudad se vieron absorbidos en su mayoría por la industria de la construcción y el trabajo informal, más conocido por todos como el rebusque.

Los primeros en llegar al barrio fueron algunas familias que habían comprado sus lotes al doctor Eduardo Jaramillo, aproximadamente unas 90 familias que se ubicaron en la parte alta junto a los sacadores de piedra los cuales diariamente traían a sus hijos después de salir de la escuela para que les colaboraban en la extracción y clasificación del material.

Estos sacadores de piedra fueron realmente los primeros en asentarse, fueron haciendo con plástico los escampaderos del sol y el agua los cuales recogían por la tarde y amarraban en las mañanas nuevamente, como nadie les decía nada los fueron dejando armados y los aseguraron con palos hasta que ya no se movieron más, luego en medio del trabajo les comentaban a los volqueteros y ellos a su vez a sus amigos, vecinos y parientes, así comenzaba a nacer la Frontera paralelamente con el barrio el Playón de los Comuneros.

Un día cualquiera se regó la noticia de que los sacadores de piedra y otras personas estaban armando casas en “Cascajo”, así le decían a este lugar, de inmediato se armo la romería de gente cargando madera, fieltro, plástico y todo lo que sirvieran para armar un rancho, esa misma tarde la invasión era masiva, quienes estuvieron en este proceso comentan que la gente parecía hormigas, boleando machete, haciendo cercas, armando carpas con plásticos, mientras las mujeres y los niños hacían el fogón para el almuerzo.

Al atardecer de ese día, apareció un grupo de policías con machete en mano, quienes se dieron a la tarea de derribar lo que se había hecho en el día y lanzar los invasores, muchos desistían y no volvían, otros en cambio se quedaron y tan pronto las autoridades se habían ido, iniciaban de nuevo la tarea de reconstrucción.

La policía tumbaba cien ranchos y al día siguiente amanecían doscientos, era como un juego en el cual la policía tumbaba todo y los nuevos colonizadores apenas estos se marchaban levantaban todo de nuevo y para asegurarse de que las autoridades no fueran a derribar lo hecho, ponían banderas colombianas a cuanto palo encontraban, así como también conseguían niños prestados, adoptivos, alquilados, así como mujeres propias, prestadas, voluntarias, en fin, mientras más personas mejor, cualquier medio era valido para impedir que les desalojaran.

Pero además hubo un detalle curioso y fue que muchos policías después de dejar su turno y viendo que aquí también estaba su sueño de tener una casa, se quitaban el uniforme, sé vestía como cualquier ciudadano, entrando a engrosar el batallón de invasores y se apoderaban de los lotes que algunas personas abandonaban, después de estos sucesos no hubo mas conflicto con los uniformados.

El primer nombre que le dieron los noticieros al barrio fue el del “pesebre”, y no era para mas, ranchos hechos de cualquier manera, levantados en cualquier parte sin ninguna simetría, no había calles solo laberintos, así poco a poco el barrio la Frontera inicio su desarrollo.

Parte importante de la evolución del barrio se dio en 1963, cuando el señor párroco de la parroquia Maria auxiliadora, presbítero Jorge Vélez, quien fue uno de los pioneros en el ordenamiento y construcción del barrio, consiguió algunas donaciones y creo un fondo rotativo el cual logro gracias a la firma de un contrato con cementos Argos y con la ladrillera Santa Rita para compras al por mayor.

De esta manera, el padre avisaba por el alto parlante y la gente corría al despacho donde se repartían fichos numerados de 00 al 99 que jugaban con la lotería de Medellín semanalmente, y las familias que tuviesen las dos ultimas cifras eran las favorecidas esa semana, quienes se hacían acreedoras a recibir los materiales que eran 600 adobes, 10 bultos de cemento y una volquetada de arena, los cuales tenían un costo de 1000 pesos y que eran amortiguados en cuotas de 10$ semanales, los que servían para cancelar el próximo pedido.

Así se logró en poco tiempo que casi todos en el barrio tuviesen sus casas de material y las calles demarcadas, cuentan los habitantes de aquella época, que la carretera sin pavimentar era llena de huecos, desde aquel lugar los habitantes del barrio la frontera divisaban el por aquellos días casi limpio río Medellín.

En la entrada de un camino solo se veía una pequeña y vacía capilla color blanco amarillento. Al lado izquierdo del camino solo senderos por donde subían y bajaban las volquetas que iban a comprar piedra y gravilla que varias personas le arañaban a la montaña para el sustento de sus familias, a lo lejos uno que otro rancho lo demás eran pequeñas sabanas verdes.

Hoy en día, el barrio la Frontera es un lugar del cual todos sus habitantes se sienten orgullosos, un sitio donde las risas de los niños se mezclan con los sueños y las esperanza de las familias que desde el inicio del barrio han trabajado por un mañana cada vez mejor y que poco a poco y con mucho esfuerzo lo continúan logrando.


Fuente: Periódico Comunarte

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